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jueves, 22 de marzo de 2012

Soez : Sala





Paseaba por las calles, con la cabeza gacha y expresión siniestra, un hombre albino de unos treinta y tantos años, estatura y peso promedio.
Tengo la impresión de que era mandadero, es decir, llevaba generalmente bolsas de supermercado en sus manos mientras apuraba el paso hacia quién sabe qué destino.
Normalmente vestía de jean azul y remera blanca.
Lucía como un tipo común, pero era distinto.
Su piel blanca, casi transparente, sus pecas, sus ojos vidriosos celestes muy claros, el pelo rubio casi canoso... visto de espaldas parecía un viejo, visto de frente provocaba temor.
Este sujeto  fué el primer albino que ví en mi vida. Cuando nos cruzábamos mi madre y yo con él, ella me susurraba: "no lo mires, es un degenerado"... y me apretaba fuerte la mano.
Y al final terminó convenciéndome por tanto insistir, aún cuando no tuviese esta acusación ningún fundamento.
Así es como suele reaccionar la gente cuando alguien se sale de la norma.
Cuando a los catorce o quince años decidí vestirme todos los días de negro, cambié de parecer sobre el albino, y cambié de parecer también en muchas otras cosas...
Ahora pensaba: "el albino no puede cambiarse de piel, aunque yo sí de ropa. ¿será que pueda cambiar mi forma de ser?"
Ciertamente he cambiado algunas cosas sí, para bien y para mal. No dejo de ser alguien que vive la vida a través de una mirada contemplativa y silenciosa, cuyas ideas se entremezclan en un alboroto molesto del que reniega sin progreso.
Mareas de ideas, mareas de gente... y sujetos e ideas fijas.
Inclinada pues más hacia la singularidad, he puesto uno, a veces dos, de esos tipitos singulares a dialogar con mis construcciones bidimensionales, con mis casonas.



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